Dos cosas importantes pasaron el fin de semana pasado:
1.-
Después de 10 años pude ver a
Metallica en vivo, una de las bandas por las que
comencé a escuchar metal en aquella lejana tarde en las que cursaba el tercer año de primaria y mi hermano mayor trajo un par de cintas de
Metallica y Pantera, si mal no recuerdo eran el
Ride the lighting y el
Cowboys from hell, cuando me entere que
vendrían gracias a la extinta
estación (al menos en calidad porque aun existe) 102.7 de
fm yo contaba con 15 años y ninguna posibilidad de viajar al D.F.
2.- Pude vencer uno de mis miedos, ya que realice un viaje que hasta entonces
había temido hacer (gracias a los malos comentarios lo confieso), fui al D.F., realmente me agrado mucho lo que pude ver de mi
cortisima estancia
ahí, el centro es impresionante, la Catedral, Bellas Artes, la torre
Latinoamericana, las ruinas del Templo Mayor, el
Zócalo, la Alameda, el centro
limpisimo,
muchisimos policías, el Palacio de gobierno, la
exposicion de dinosaurios del museo del desierto de
Coahuila en el
Zócalo, el museo del Templo Mayor, el hotel
Brasilia,
además de todo lo que no recuerdo.
Fue una fin de semana tan largo y corto a la vez, tan cansado y relajante, tan chistoso (esos chilanguitos estaban bien curiosos), tan filosófico y casi mortal (todavía no se me olvida mugre taxista cafre), estar en la cima urbana del D.F. fue toda una experiencia de reflexión (aunque tal vez era la falta de oxigeno y lo cansados que estábamos), ver el gris e inmenso horizonte solo pudo hacerme pensar en lo pequeños que somos y como hay todo un universo moviendose a nuestro alrededor sin que lo notemos siquiera, abstraídos en nuestra propia existencia, negandonos a lo que nos rodea y constantemente nos llama, nos suplica que salgamos de nuestra pequeña burbuja, que aprendamos a descentralizarnos, pues hay muchos mundos a nuestro alrededor girando independientes unos de otros, flotando todos juntos en una asimétrica armonía. Al observar desde lo alto el indescifrable final del mundo me di cuenta que el horizonte nunca termina, hay que seguir avanzando eternamente hasta que ya no podamos hacerlo, cuando nuestros pies se detengan volveremos la mirada para ver todo el camino que hemos andado y entonces sonreiremos al darnos cuenta del camino que hemos recorrido, los senderos que dejamos ir, los baches que esquivamos, y las grandes rocas que rodeamos para llegar hasta nuestro final.
Cuando todo eso pase voltearemos nuevamente al frente y seguiremos avanzando hasta el final del camino; llegaremos a la luz.